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Hipocresía


En Arabia Saudí, el rey ha indultado a la mujer que fue condenada a cárcel y latigazos por estar sola con un hombre que no era de su familia. Con esta medida, se afirma que el soberano tiene poder de indultar si ello favorece los intereses del país.

Así, se contenta a algunos de los países occidentales que protestaron por la medida, pero no se evita que esto vuelva a pasar. Dicen desde el Ministerio de Asuntos Exteriores saudí que la sentencia se utilizó para “perjudicar la imagen del pueblo y el Gobierno saudíes”. Mientras siga habiendo países en los que se discrimine a la mujer, países en los que se discrimine por religión, países en los que se comiencen guerras por petróleo, países con pena de muerte y un largo etcétera, la humanidad seguirá sin ser “humana”.

Mientras, más de uno y de una se regocijará en sus casas, con el estómago lleno (como Gadafi), recordando quizá que hay gente que pasa hambre aunque satisfechos de que no les haya tocado.

Por cierto, feliz Navidad y felices comidas de empresa y similares.

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Categorías:Internacional, Opinión
  1. Hilario Ideas
    18/12/2007 en 10:01

    ¿Cuándo se enterarán los progresistas occidentales, especialmente las feministas, que los terroristas musulmanes odian a las mujeres, sobre todo a las infieles que son intelectual o sexualmente independientes y cuya independencia les hace sentir inseguros, les tienta y les enfurece?
    No debería ser ninguna sorpresa. El historial del islam en su trato a la mujer es abominable. El apartheid sexual islámico aplica a la mujer musulmana los peores castigos (latigazos, muerte por lapidación, violación en grupo, matanza de honor) en cuánto se percibe, equivocadamente o no, cualquier señal de independencia por su parte, por pequeña que sea (por ejemplo, si quieren casarse con hombres de su propia elección, divorciarse de maridos peligrosamente maltratadores o simplemente asistir a clase). Pero incluso cuando no han cometido semejante “delitos”, muchas mujeres musulmanas, árabes y africanas son mutiladas genitalmente. La mayor parte de las mujeres musulmanas y árabes son apaleadas rutinariamente en su papel de hijas o de esposas. Son obligadas a cubrir su cabello, su cara y su cuerpo y son amenazadas con el máximo castigo cuando muestran la punta de un pelo o demasiado tobillo. Son obligadas a aceptar y apoyar la poligamia y el purdah (prohibición de ser vistas por los hombres).
    Estas onerosas prácticas han ingresado en Occidente. Cada vez hay en nuestras calles más mujeres silenciosas o enmascaradas; su presencia resulta extrañamente amenazadora. Como poco, está claro que no nos aprueban porque han elegido un camino diferente visiblemente. El hecho de que algunas mujeres puedan ver el hiyab o el niqab como expresiones legítimas y humildes de sumisión religiosa o que escojan libremente taparse con modestia como modo de proclamarse prohibidas para la promiscuidad secular occidental no cambia el hecho de que su presencia también constituye un anuncio andante de la yihad.

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