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No me lleves al cole que me mandas a la guerra


Leemos en Público:

“Queridos Reyes Magos: quiero que desaparezcan, que me dejen en paz”. Éste era el deseo para la noche de Reyes de hace dos años de Raúl (nombre ficticio), un niño catalán al que sus compañeros de clase habían bautizado como El Ballena.

Ese mismo día, tras reflexionar que los de Oriente jamás harían realidad su deseo, se encaminó hacia un río cercano para lanzarse al agua y poner fin a su calvario.

Sus padres lograron frenarle. Estaba cansado de llorar, de pedir ayuda a sus profesores y de que una pareja de Mossos d’Esquadra vestidos de paisano le acompañara a diario a las puertas de la escuela. Los mismos agentes a los que un día acudió para contarles junto a un compañero que un grupo de chavales de clase querían que dejara de existir. La consigna fue clara: “O el amigo de Raúl le mataba o ambos morían”, relata Ana, su madre. “Ahora sé que cuando tenía los ojos rojos, no era por jugar a la Play. Era por contenerse las lágrimas”, dice muy entera.

Mientras esperan a que se celebre el juicio, Raúl, que hoy tiene 10 años, acude a diario a un colegio a 90 kilómetros de casa, lejos de los “malos”, para convencerse de que otro entorno escolar es posible. Su madre ha decidido “ir a por todas”. Todo por no oír más a Raúl decir eso de “Mamá, no me lleves al cole, que me mandas a la guerra”. “Desgraciadamente, nada va a cambiar hasta que haya sentencias ejemplarizadoras, hasta que alguien tenga que pagar indemnizaciones”, señala.

Insultos, sólo el comienzo

Los últimos datos del informe del Defensor del Pueblo sobre el maltrato entre iguales en la Educación Secundaria, publicado en 2006, señalan que el 27,1% de los escolares asegura que sus compañeros le insultan, que el 26,7% tiene un “mote ofensivo” y que el 31,6% se siente criticado.
Si nos centramos en las amenazas (6,4% asegura sufrirlas) y las palizas (3,6%), las estadísticas se reducen considerablemente, aunque no dejan de ser preocupantes. Según Ferran Barri, psicólogo y director de SOS Bullying, creada en 2004 para asesorar y ayudar a niños y padres que hayan tenido relación con el acoso, las agresiones no se producen el primer día. “Primero llegan los insultos; después, las amenazas y luego, los golpes”.

Los datos de los que dispone señalan que, de toda la población escolar, el 21% de los chavales sufre un acoso incipiente; el 5%, enquistado y en torno al 4%, un acoso que puede calificarse de grave. Esta última cifra se corresponde con los datos que arroja el informe del Defensor del Pueblo.
“Acoso ha habido siempre. Ahora, se conocen más estos casos porque estamos contra cualquier manifestación de violencia”, explica este psicólogo, que entiende que muchas de estas conductas tienen su origen en un exceso de permisividad y dejación de funciones en el entorno familiar.

Esta opinión también la comparte la psicóloga forense Blanca Vázquez y la lleva más allá: “Cuando un niño tiene problemas de adaptación o conductas agresivas, hay que investigar si ha recibido malos tratos para llegar a la raíz del problema”.

Someter, acosar, dominar

Acostumbrado a atender llamadas anónimas de chavales insultados, amenazados y agredidos (27.000 desde el 1 de noviembre de 2004), Barri conoce a la perfección el perfil del agresor: “Su finalidad es someter, dominar. No tiene un motivo inicial y nunca da la cara. Cuando le pillan, siempre busca una excusa: es mariquita, es gordo, es negro…”

El psicólogo Bernabé Tierno tiene a su espalda la historia de varios pacientes que han sufrido en sus propias carnes el significado de la palabra bullying. Aunque no existe una fórmula mágica para detectar que un menor ha sido maltratado, recomienda a los padres que sigan de cerca a sus hijos, que les pregunten cómo les va. “Que pidan ayuda cuando sospechen que su hijo sufre maltrato”. Y alerta del peligro de que el niño acosado pase a ser acosador. “Dado que ve que el acosador tiene éxito, no es atípico que se pase al otro bando”, considera.

Preguntado sobre el revuelo que se crea en los organismos oficiales cuando se publican estudios sobre acoso, el psicólogo considera que son temas “que no interesan a los políticos”.

La reflexión de Tierno tiene mucha relación con lo que Iñaki Piñuel y Araceli Oñate califican de “negación institucional”. En su último libro, Mobbing escolar, sostienen que el acoso psicológico en la escuela es una realidad tan extendida como trivializada. Director de los estudios Cisneros sobre acoso escolar, Piñuel asegura disponer de un estudio que recoge que del total de la población escolar española de entre 7 y 17 años, más del 25% de los chavales ha sentido alguna vez ganas de morirse.

La percepción de la situación que tienen en el Ministerio de Educación es menos alarmante. “Puede haber problemas, pero los casos de maltrato son muy escasos”, señala un portavoz. De hecho, apuntan que los datos del informe del Defensor del Pueblo de 2006 son sensiblemente mejores que los del primer estudio de 2002. Las mismas fuentes se refieren al Plan para la Promoción y Mejora de la Convivencia Escolar, al que están suscritos los principales sindicatos y las asociaciones de estudiantes.

“A raíz de los casos de acoso que han ocupado recientemente los medios de comunicación, el Ministerio se tomó aún más en serio el problema”, explican, no sin insistir de nuevo en que “lo habitual es que nuestros colegios funcionan bien”. Una de las aportaciones más novedosas del plan es el concurso de buenas prácticas de convivencia. Todo colegio o instituto que crea que sus métodos para fomentar una óptima convivencia sirven de ayuda a otros centros escolares puede optar al galardón.

El Instituto de Educación Secundaria Portada Alta de Málaga ganó el primer premio en 2006. Antes de contar la experiencia con sus alumnos, el director, Antonio Marfil, señala que “el tema de la violencia en las aulas es menos frecuente de lo que se piensa”. A su juicio, gran parte de los problemas de convivencia se deben a que, dada la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años, en las clases se juntan estudiantes de todo tipo: motivados, conflictivos… “Antes, se acababa el colegio y te ibas a BUP, a FP o a la calle, a trabajar. Y en BUP, no había grandes problemas de gente desmotivada porque se supone que quien estaba ahí, era porque quería”, señala.

La convivencia, ejemplo en Málaga

La práctica que al Portada Alta le hizo merecer el premio se conoce como aula de convivencia. Un lugar al que son trasladados quienes generan un conflicto. En este espacio, un monitor voluntario reflexiona junto al chaval sobre lo que ha hecho, algo que le evita ser reprendido en presencia del resto de los compañeros. De aquí, se le derivará a otra instancia, que va desde talleres de habilidades sociales a programas de mediación si lo que ha habido es una agresión. Todo un ejemplo que Ana, la madre de Raúl, hubiera deseado para su hijo.

Una iniciativa similar es la adoptada por el departamento vasco de Educación mediante la edición de unas guías de actuación con los pasos a seguir si se dan situaciones de agresión. La medida se completa con la modificación de la estructura de los colegios. Todos los centros que los requieran sustituirán los muros por cristaleras para evitar los espacios ciegos.

José Sanmartí, director del Centro Reina Sofía para el estudio de la Violencia, insiste en que “deben potenciarse los gabinetes psicopedagógicos para la intermediación. Y en ello deben tomar parte los estudiantes. No me gusta nada la idea de meter policías en las aulas”, señala.

“Me cuesta entender cómo los que amenazaban a mi hijo siguen en el colegio tan tranquilos”, se lamenta Ana. No obstante, cree que su lucha ha merecido la pena. Hay días en los que Raúl le mete prisa: “Vamos, que llego tarde al cole”. “Todo un logro. Todo un logro”, repite ella.

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Categorías:España
  1. sergio
    13/10/2007 en 16:51

    También hay bastantes casos de adolescentes que apalean a los profesores y directores de sus colegios.
    Los niños siempre han podido ser muy crueles. Parece que ahora tienen vía libre para ser autenticos demonios.
    Yo estoy con el doctor Ferran Barri; falta un poco de la sana discliplina que solo pueden inculcar los padres.
    En fín, pensar que estos monstruitos no tendran que mantener cuando seamos viejos, confirma mi teoría de que el mundo, con Occidente a la cabeza, se va a la mierda cada vez más rápido y quizá vivamos para verlo.

  2. sergio
    13/10/2007 en 16:53

    También hay bastantes casos de adolescentes que apalean a los profesores y directores de sus colegios.
    Los niños siempre han podido ser muy crueles. Parece que ahora tienen vía libre para ser autenticos demonios.
    Yo estoy con el doctor Ferran Barri; falta un poco de la sana discliplina que solo pueden inculcar los padres.
    En fín, pensar que estos monstruitos NOS tendran que mantener cuando seamos viejos, confirma mi teoría de que el mundo, con Occidente a la cabeza, se va a la mierda cada vez más rápido y quizá vivamos para verlo.

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